Hola! Soy Silvia Freire.
Quería realizar una encuesta entre mis contactos, respecto de este tema.
Muchas personas respondieron con reflexiones muy ricas... pero nuestra
intención era obtener una estadística, así que intentamos nuevamente, y
por
favor, respondenos marcando aquí con una x:
SI, estoy de acuerdo.
NO, no estoy de acuerdo
Y luego, si querés, agregá el por qué estás (o no ) de acuerdo.
Te vuelvo a transcribir el mail enviado, que incluye la pregunta:
Todas las religiones coinciden en que estamos aquí porque quisimos vivir
esta experiencia. Nos fuimos de la casa del Padre para conocer el
sufrimiento, el apego, la enfermedad y la muerte.
Mucho tiempo yo sentí que era "injusto" lo que cuenta la parábola del hijo
pródigo: que el padre agasajara al hijo que se fue, y festejara su
regreso,
dejando de lado al hijo que se quedó; y perdía de vista que el hijo que se
quedó, vivió la presencia del Padre todo el tiempo. No olvidó, no vivió la
ilusión de la separación; estuvo “en la gracia” todo el tiempo.
Me parece que esa es la enseñanza de la historia de Buda: él era príncipe,
vivía en un palacio, casado con una mujer que lo amaba, cerca de su Padre
que lo protegía de toda ilusión. Lo tenía todo, no necesitaba nada. Estaba
siendo amado. Sus padres lo protegían. Tanto es así, que Buda no conocía
la
muerte, ni la enfermedad; creció sin conocer esas palabras. Hasta que en
un
momento, ve a través de la ventana un enfermo, y llama a su sirviente de
confianza preguntando qué es eso, y el sirviente contesta "nada, nada,
olvidate" pero resulta que Buda no se olvida, y decide ir a vivir esa
experiencia. Lo que nos quieren decir, me parece, es que venimos por
propia
elección a esta vida, para vivir la experiencia del sufrimiento.
Entonces, por libre albedrío, decidimos ir a vivir la experiencia del
dolor
y la separación. Tal como el adolescente que decide ir a vivir solo,
aunque
ya no tenga el desayuno servido cuando se levanta, y dentro de la heladera
lo único que encuentre sea un limón arrugado.
En la religión judía, los sonidos del shofar han marcado el más auspicioso
suceso de su historia, la revelación Divina en el Monte Sinaí cuando se
nos
dio la Torá, y nuevamente en el futuro retumbarán para anunciar nuestra
redención final con la venida del Mashíaj.
Es un crudo cuerno de carnero del que se emiten secos y poco melodiosos
sonidos, vagamente inspiradores en el sentido usual de la palabra. ¿Cuál
es,
en verdad, el significado que se oculta detrás del shofar?
Había una vez un rey que prodigaba mucha atención y amor a su hijo único.
Cuando el príncipe fue lo suficientemente mayor, el rey pensó que para su
hijo resultaría muy enriquecedora la experiencia de viajar y aprender
sobre
el extenso mundo y los pueblos que viven más allá del reino. Dio su hijo
una
despedida real, y lo envió con una multitud de sirvientes y fondos
suficientes como para asegurar que su viaje fuera placentero.
El tiempo pasó, las semanas se convirtieron en meses, y los meses en años.
Finalmente, el príncipe, habiendo malgastado sus recursos, fue abandonado
por sus sirvientes y obligado a viajar sin los atuendos de la realeza,
como
un pobre mendigo. Anhelando volver a su padre, el príncipe comenzó el
viaje
de regreso al reino.
A su retorno, sin embargo, se encontró con que había olvidado su lengua
natal. Intentó comunicar a los habitantes locales que él era el príncipe,
el
hijo único de su rey, pero todo era en vano. Finalmente, desesperado por
verse reunido con su padre, soltó un amargo y doloroso lamento que retumbó
a
lo lejos.
El rey, al oír este clamor, reconoció inmediatamente la voz. Abrazó a su
hijo y lo devolvió a su posición real.
El príncipe, tal como se encuentra antes de abandonar el seno paternal, es
el alma judía, y sus viajes son el viaje del alma hacia un cuerpo físico y
un mundo material. El propósito de los viajes del príncipe es mejorar su
conocimiento y sabiduría. Del mismo modo, el alma necesita del cuerpo para
poder existir en el mundo físico, y cumplir Torá y mitzvot. Pues la
plenitud
del alma se logra únicamente mediante el trabajo con la físico, y a ello
obedece su corporización en la forma humana.
En la travesía de la vida podemos llegar a perder de vista nuestro
propósito, hasta que, como el príncipe que olvida su propia lengua,
llegamos
a estar tan alejados de nuestra fuente que olvidamos cómo vivir como
judíos.
Pero siempre hay un fulgor del alma judía que perdura y anhela volver a
conectarse con Dios. El shofar es el clamor que emerge desde las
profundidades de cada alma judía expresando su deseo de volver a Dios
Entre los sufíes, sólo el sonido del nay -la flauta de caña- tiene el
poder
de revelar el rostro de ese Otro, que es su auténtico ser. La voz del nay
vuelve a abrir en el individuo una cicatriz, la de un pasado en que se
encontraba visceralmente unido a las plantas, las piedras, el agua, las
estrellas. El recuerdo de esta unión desaparece con el nacimiento. Pero
cuando, en el silencio, oye elevarse las primeras notas del nay, la
nostalgia lo invade, recuerda esa patria perdida.
"Todos hemos escuchado esta música en el Paraíso", escribía el
poeta
místico Djalâl al-Dîn Rûnî en el siglo XIII. "Aunque el agua y la arcilla
que componen nuestro cuerpo hagan planear sobre nosotros la duda, algo de
esa música vuelve a la memoria."
Si el nay posee ese poder de reminiscencia, ello se debe a que,
según la tradición islámica, "la pluma de caña fue lo primero que creó
Dios." También el nay, como el ser humano, ha sido arrancado de su lugar
de
origen: el cañaveral a orillas del estanque. "Desde entonces -se queja el
nay, por la voz de Rûnî, el poeta-, mi lamento hace gemir al hombre y a la
mujer. Llamo a un corazón desgarrado por la separación para revelarle el
dolor del deseo."
Así, el nay es el doble del ser humano. Ambos llevan una herida en
el pecho y están envueltos por las mismas ataduras. Ambos están vacíos y
secos porque la tierra ya no los alimenta. Carecen de voz uno sin el otro.
La flauta de caña está hecha para cantar; sólo revive en los labios del
músico. Escuchando sus notas, éste percibe la inaudible vibración de la
bóveda celeste y recuerda el tiempo en que estaba unido a sus pulsaciones.
El tiempo en que, sin velo alguno, contemplaba el rostro radiante de Dios.
"Somos la flauta, canta Rûnî, nuestra música viene de Ti."
Al ver a la humanidad y el caos de todos los tiempos, sucesivas guerras
entre países y cotidianas batallas en los hogares, poco me cuesta aceptar
la
idea de que estamos aquí para vivir la experiencia del dolor.
Vos qué opinás?
(por favor, marcá con una cruz abajo, y luego, si querés,
agregá debajo tus razones)
SI, estoy de acuerdo.
NO, no estoy de acuerdo
porque:
Espero tu respuesta en info@silviafreiremultimedia.com
y seguimos.
Con ternura,
Silvia